El Magisterio y la prudencia

"La definición del matrimonio está yendo de una concepción - no exenta de problemas- de amor, unidad, incondicionalidad, a una noción existencialista, individualista y materialista".

 

Diario El Mercurio, Dom. 26/10/2003
Sebastián Burr Cerda

Después que la controversia sobre el spot del divorcio se ha aquietado, no obstante que el sacerdote que inició la controversia exige ahora que pidan perdón los que idearon la campaña, y que el Provincial de los jesuitas ha reiterado la fidelidad de la Compañía al Magisterio de la Iglesia, permítanme unas reflexiones.

El que los jesuitas asuman un sentido de avanzada, en lo socio- político y en su mirada del hombre, los obliga a ser prudentes. Pues ha habido ciertas declaraciones respecto del divorcio apartadas del Magisterio y otras abiertamente ofensivas como aquella del "terrorismo ético".

Tampoco ha sido fácil entender que al mismo tiempo que sostienen que las encuestas no son fuente de moralidad, aseveren que estas estigmatizan y soliciten al Arzobispado que pida perdón. Dos actos morales evidentes, de una fuente no moral. No cuadra el asunto. En los jóvenes primó la auto-estigmatización, lo que la sicología llama identificación inconsciente.

En la carta que inició la controversia, se evocó descontextualizadamente a Juan Pablo II, quien además de tenaz luchador contra el divorcio fue él quien solicitó a la jerarquía chilena asumir la defensa de la incondicionalidad conyugal. Al Papa hay que acogerlo integralmente. Más aún cuando invita a la unidad, a evangelizar hasta el "último respiro" a las personas en cuanto tal y al ejercicio de la espiritualidad en la vida práctica.

Curiosa, además, "la democracia extra rápida" que sacó el spot de la controversia de la TV, y que no acepta la idea del Cardenal, a que sean las parejas que se casan las que decidan si lo hacen bajo ley de divorcio o indisolubilidad conyugal.

La definición del matrimonio está yendo de una concepción - no exenta de problemas- de amor, unidad, incondicionalidad, a una noción existencialista, individualista y materialista. Por lo tanto, condicional y temporal. Eso y en aras de resolver problemas excepcionales, va a provocar la desaparición del sentido societario que Chile aún conserva. Y cuya nutriente principal es el sentido comunitario que sólo aporta la familia. Difuminarla va a ser moralmente destructivo, pues es el ámbito per se de dignidad humana. Sin embargo, creo que la ley civil, al igual que el derecho canónigo, debiera estar facultada para otorgar nulidades con plena justificación moral. La visión jesuita respecto de nuestra decadencia cultural me parece acertada. Sin embargo, soluciones excesivamente sociológicas terminan por aportar más a lo secular que a lo espiritual. Siendo que esta última dimensión es la única vía a la verdad, a la justicia y a la expansión de la libertad humana. Aprovechando el "diálogo con la cultura" propuesto por su Provincial, sería bueno conocer sus posturas filosóficas y operativas respecto de ley de divorcio, educación, trabajo, bien común, etc. Pensando en el tipo de hombre y sociedad que desearían para Chile.

Pues si se analizan las "diferencias" a como ciertos grupos eclesiásticos ven la realidad humana y social, se vislumbra una suerte de "pugna" entre derecho natural y derecho positivo, pobreza espiritual y material, entre filosofía y sociología, etc. Formas que si bien no se dan de un modo absoluto, generan confusión.

Aunar criterios es lo que Chile requiere, pero hay que definir previamente si lo que prima es el desarrollo moral o social de la persona. Pues si bien ambos planos van ligados, uno subyace al otro y eso marca diferencias prácticas.

Chile está más evolucionado socialmente que en el desarrollo de las facultades superiores (entendimiento e inteligencia práctica) de su población, y de ahí nuestro déficit social en autosuficiencia. Facultades que el cristianismo las entiende como espirituales, dado que resuelven la existencia integral de la persona; espiritual, moral, teórica y práctica. Lo que no ocurre con la más eficiente institución social.

Reconozcamos que tanto el positivismo como la sociología agnóstica, economicista, religiosa, etc., son reduccionistas. Se les perdió de vista la persona real. Y sus posturas, muchas veces, se exceden en proposiciones ajenas al desarrollo moral de la persona y se limitan en otras que lo expanden. De ahí nuestra incapacidad de romper con la pobreza espiritual y material. Basta ya de sociedades representativas, en tercera persona y excesivamente sociológicas, que impiden a los pobres superar su degradado estatus.

Tenemos que construir una sociedad de protagonistas para todos por igual. En que cada uno haga una vida activa y en primera persona a través de su vida diaria. Para eso necesitamos una Iglesia fuertemente cohesionada en torno a la verdad del Magisterio.

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